EL LICHIS: Fábula de Miguelito y la Felicidad
Escrito en Entrevista, Gente que arde, Retratos | 01-11-2011
Miguel Ãngel Hernando, “El Lichis”, acostumbra a escuchar con una atención casi escandalosa y a hablar con una firmeza ligera, esa que siempre deja espacio para aprender algo nuevo. Se ha desprendido de un personaje que en los últimos años se habÃa emborronado y ha empezado a escribir otro cuento. Érase una vez, Miguelito…
En Rivas Vaciamadrid, cerca de la calle de La Música, la calle del Arte y Miguel Hernández (hasta la ciudad le regala poesÃa), Lichis sale de casa para pasear, charlar y decir(se) en alto eso de que “otro mundo es posible”. No trae verdades envueltas en papel de regalo, su camiseta de rayas no luce ningún galón y las inseguridades las guarda en el bolsillo de los por si acasos. Lichis sólo trae discos de una de las apuestas de su sello, Felicidad Producciones, y ganas de contar que es optimista, que se ha extirpado las presiones de quien querÃa ponerle medallas de barro, que los años le han hecho ganar en profundidad y que cualquier personaje de sà mismo sólo existe en despachos comandados por ciegos musicales.
Lichis es tan mordaz como sensato, espontáneo y frágil. Clava los ojos con atención y escucha como un niño que, sentado en primera fila, necesita aprender compulsivamente; sin embargo, habla como el “Miguelito” que, desde el final de la clase, distraÃdo, lanza aviones de papel con la esperanza de que alguno traspase las nubes. Ya lo dice él mismo: “Para hacer música hay que tener una actitud infantil y osada, pensar que puedes hacer canciones donde durante muchos años ya se han hecho grandes temas”.
CARNE DE ESCENARIO
Desde que, con cuatro años, vio por primera vez a Serrat, el sonido del bajo se grabó su cabeza y, desde entonces, la música le ha acompañado cada dÃa de su vida. “Me alucinó el sonido del bajo, aunque yo era muy pequeño. Era una época en la que en la radio se podÃa escuchar mucha música, desde Bob Dylan a Bob Marley…. Años después empecé en bandas de Rivas de todo tipo: punk, heavy…“, recuerda. Y aunque la supervivencia económica llegó de la mano de trabajos como panadero o limpiador, a finales de los ochenta, los bares se habÃan acostumbrado a albergar en sus escenarios a un tipo desgarbado que se paseaba por bandas como Montana o La Pocilga. “Antes tocaba mucho en bares, Yo estaba en grupos de country, de blues, de rock… PodÃas tocar en garitos prácticamente todos los dÃas, y asà empecé a ganarme un poco la vida”.
Convencido de que “lo que se aprende en un escenario vale por ochenta ensayos o cuarenta dÃas practicando con un instrumento”, para el madrileño de adopción, “lo ideal para un músico es tener actuaciones todos los dÃas de su vida, no bajarse nunca de un escenario”. Por eso, siempre ha participado en proyectos paralelos, y hoy en dÃa compatibiliza la reconversión de La Cabra Mecánica en Miguelito con su banda de blues, Troublemakers. Quizá se equivocaba reconociendo en su disco de despedida ser “carne de canción” porque, sobre todo, Lichis es carne de escenario: “Casi todos los que nos dedicamos a esto somos gente insegura en su vida normal, se nos echa abajo con un soplido. El escenario es el sitio donde eres fuerte, donde sacas cosas que no sacas en otro lado.. Es la grandeza del escenario: eres tú y algo más que estaba dentro de ti y que solamente sale ahÃ. Puedo sobrevivir mucho tiempo sin sacar un disco, pero sin subirme a un escenario… eso es imposible”.
A GOLPES
Su adicción musical y su fortaleza sobre las tablas no han sido suficientes para capear los zarpazos de la industria. El primer disco de La Cabra Mecánica (Cuando me suenan las tripas, 1997) parecÃa augurar una carrera de éxitos, pero el Lichis curtido en garitos de Madrid buscó siempre otro camino: “No veÃa a La Cabra como un grupo de bombazo sin que quisieran cambiar la esencia de lo que yo querÃa hacer (…) Nunca pensé que estuviéramos en la autopista del éxito. Mi sensación fue más de ir por la nacional, con caravana de camiones. Estaba preparado para estar abajo y subir puntualmente arriba”.
Sin embargo, cuando llegó ese “estar arriba”, alguien le sacó de la carretera. “Me desequilibró la apreciación que mi discográfica, managers, etc. empezaron a tener de mi propia música”. Y esa falsa apreciación se manifestó en el lanzamiento del super-radiado ‘Iluso’. “Jamás consideré el ‘Iluso’ un tema mÃo, ni si quiera habrÃa sido un descarte en mis canciones. Asumo la responsabilidad porque acepté hacerlo, pero jamás pensé que la gente sólo trabajarÃa eso (…) Tras lo que ocurrió con ese tema, dejé de reconocer entre el público a muchas de las caras que veÃa anteriormente y eso me echó mucho para atrás”.
Asà se topó con esa industria reconvertida en “un mundo de hombres de negocios a los que se permite una manga ancha que no se permite en ningún otro campo”. Y también asà comenzó a interpretar la realidad musical de otro modo. “El músico sigue siendo una profesión denostada y mal vista, la corrupción está a la orden del dÃa en el mundo discográfico y en la radio… En un mundo en el que no puedes fiarte de nadie no puede salir nada sólido”, la menta. Pero el niño “osado e ingenuo” que reconoce tener dentro, aún confÃa en que hay solución, que “lo que ocurre a personas como Fito y todos los que le acompañan, te hace pensar que por fin sucede a la gente que lo merece. Piensas eso de que otro mundo es posible”.
…Y SE QUEDA UN RATITO MÃS
Lichis se ha arrancado al personaje que nos vendieron: el canalla, el quinqui drogadicto, el gamberro, el rumbero… Esa imagen deformada se ha disuelto para ver nacer al que, con más años y menos complejos, se hace llamar cariñosamente Miguelito (por la canción que su amigo Jairo Zavala “Depedro” compuso para él). “Esa apologÃa de la droga o de la vida quinqui nunca me ha identificado. Nunca tuve intención de decir ‘me fumo un porro leré, me fumo un porro lará’, eso es un descerebre. Sólo querÃa poner sobre la mesa esa realidad, ese trozo de carne cruda. El ‘Iluso’ habÃa dado una imagen estereotipada de mÃ. De pronto, vi en otros músicos una imagen de mà mismo a través de un espejo deformante”.
Ahora Lichis, Miguel o Miguelito, “con todo en sus manos” (como reza la canción de Depedro), se adueña del mensaje que nunca debió perderse en los despachos. “Me importa mucho lo que diga la gente porque jamás he hecho música para ser exclusivo y excluyente. Siempre he querido hacer música para comunicar cosas a la gente, y ese mensaje no estaba llegando, por eso era mejor romperlo y hacer otra cosa”. Esa “otra cosa” es volver a componer, olvidar tropiezos, reconstruir el estado “neutro” que dice necesitar para crear canciones, y “dejar que los sentimientos pasen para destriparlo y sacarlo todo, como en un operación a corazón abierto”. “Quiero encontrar el estado de ánimo no sólo para componer un disco más, sino para recuperar el hábito de componer y que no me vuelva a abandonar a lo largo de toda mi vida. Los cuatro o cinco años que pasé en el dique seco han sido los peores de mi vida, porque cuando crees que vales para hacer algo, lo que sientes como tu manera de expresarte, y no te sale, es un tormento”.
Miguelito ha pasado de curso, pero prefiere seguir sentándose en la última fila para pinchar con el lápiz al ladronzuelo de delante y mirar por la ventana… mientras la profesora vuelve a explicar una extensa ecuación que hace tiempo que dejó de interesarle.















