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EL LICHIS: Fábula de Miguelito y la Felicidad

Escrito en Entrevista, Gente que arde, Retratos | 01-11-2011

Miguel Ángel Hernando, “El Lichis”, acostumbra a escuchar con una atención casi escandalosa y a hablar con una firmeza ligera, esa que siempre deja espacio para aprender algo nuevo. Se ha desprendido de un personaje que en los últimos años se había emborronado y ha empezado a escribir otro cuento. Érase una vez, Miguelito…

En Rivas Vaciamadrid, cerca de la calle de La Música, la calle del Arte y Miguel Hernández (hasta la ciudad le regala poesía), Lichis sale de casa para pasear, charlar y decir(se) en alto eso de que “otro mundo es posible”. No trae verdades envueltas en papel de regalo, su camiseta de rayas no luce ningún galón y las inseguridades las guarda en el bolsillo de los por si acasos. Lichis sólo trae discos de una de las apuestas de su sello, Felicidad Producciones, y ganas de contar que es optimista, que se ha extirpado las presiones de quien quería ponerle medallas de barro, que los años le han hecho ganar en profundidad y que cualquier personaje de sí mismo sólo existe en despachos comandados por ciegos musicales.

Lichis es tan mordaz como sensato, espontáneo y frágil. Clava los ojos con atención y escucha como un niño que, sentado en primera fila, necesita aprender compulsivamente; sin embargo, habla como el “Miguelito” que, desde el final de la clase, distraído, lanza aviones de papel con la esperanza de que alguno traspase las nubes. Ya lo dice él mismo: “Para hacer música hay que tener una actitud infantil y osada, pensar que puedes hacer canciones donde durante muchos años ya se han hecho grandes temas”.

CARNE DE ESCENARIO

Desde que, con cuatro años, vio por primera vez a Serrat, el sonido del bajo se grabó su cabeza y, desde entonces, la música le ha acompañado cada día de su vida. “Me alucinó el sonido del bajo, aunque yo era muy pequeño. Era una época en la que en la radio se podía escuchar mucha música, desde Bob Dylan a Bob Marley…. Años después empecé en bandas de Rivas de todo tipo: punk, heavy…, recuerda. Y aunque la supervivencia económica llegó de la mano de trabajos como panadero o limpiador, a finales de los ochenta, los bares se habían acostumbrado a albergar en sus escenarios a un tipo desgarbado que se paseaba por bandas como Montana o La Pocilga. “Antes tocaba mucho en bares, Yo estaba en grupos de country, de blues, de rock… Podías tocar en garitos prácticamente todos los días, y así empecé a ganarme un poco la vida”.

Convencido de que “lo que se aprende en un escenario vale por ochenta ensayos o cuarenta días practicando con un instrumento”, para el madrileño de adopción, “lo ideal para un músico es tener actuaciones todos los días de su vida, no bajarse nunca de un escenario”. Por eso, siempre ha participado en proyectos paralelos, y hoy en día compatibiliza la reconversión de La Cabra Mecánica en Miguelito con su banda de blues, Troublemakers. Quizá se equivocaba reconociendo en su disco de despedida ser “carne de canción” porque, sobre todo, Lichis es carne de escenario: “Casi todos los que nos dedicamos a esto somos gente insegura en su vida normal, se nos echa abajo con un soplido. El escenario es el sitio donde eres fuerte, donde sacas cosas que no sacas en otro lado.. Es la grandeza del escenario: eres tú y algo más que estaba dentro de ti y que solamente sale ahí. Puedo sobrevivir mucho tiempo sin sacar un disco, pero sin subirme a un escenario… eso es imposible”.

A GOLPES

Su adicción musical y su fortaleza sobre las tablas no han sido suficientes para capear los zarpazos de la industria. El primer disco de La Cabra Mecánica (Cuando me suenan las tripas, 1997) parecía augurar una carrera de éxitos, pero el Lichis curtido en garitos de Madrid buscó siempre otro camino: “No veía a La Cabra como un grupo de bombazo sin que quisieran cambiar la esencia de lo que yo quería hacer (…) Nunca pensé que estuviéramos en la autopista del éxito. Mi sensación fue más de ir por la nacional, con caravana de camiones. Estaba preparado para estar abajo y subir puntualmente arriba”.

Sin embargo, cuando llegó ese “estar arriba”, alguien le sacó de la carretera. “Me desequilibró la apreciación que mi discográfica, managers, etc. empezaron a tener de mi propia música”. Y esa falsa apreciación se manifestó en el lanzamiento del super-radiado ‘Iluso’. “Jamás consideré el ‘Iluso’ un tema mío, ni si quiera habría sido un descarte en mis canciones. Asumo la responsabilidad porque acepté hacerlo, pero jamás pensé que la gente sólo trabajaría eso (…) Tras lo que ocurrió con ese tema, dejé de reconocer entre el público a muchas de las caras que veía anteriormente y eso me echó mucho para atrás”.

Así se topó con esa industria reconvertida en “un mundo de hombres de negocios a los que se permite una manga ancha que no se permite en ningún otro campo”. Y también así comenzó a interpretar la realidad musical de otro modo. “El músico sigue siendo una profesión denostada y mal vista, la corrupción está a la orden del día en el mundo discográfico y en la radio… En un mundo en el que no puedes fiarte de nadie no puede salir nada sólido”, la menta. Pero el niño “osado e ingenuo” que reconoce tener dentro, aún confía en que hay solución, que “lo que ocurre a personas como Fito y todos los que le acompañan, te hace pensar que por fin sucede a la gente que lo merece. Piensas eso de que otro mundo es posible”.

…Y SE QUEDA UN RATITO MÁS

Lichis se ha arrancado al personaje que nos vendieron: el canalla, el quinqui drogadicto, el gamberro, el rumbero… Esa imagen deformada se ha disuelto para ver nacer al que, con más años y menos complejos, se hace llamar cariñosamente Miguelito (por la canción que su amigo Jairo Zavala “Depedro” compuso para él). “Esa apología de la droga o de la vida quinqui nunca me ha identificado. Nunca tuve intención de decir ‘me fumo un porro leré, me fumo un porro lará’, eso es un descerebre. Sólo quería poner sobre la mesa esa realidad, ese trozo de carne cruda. El ‘Iluso’ había dado una imagen estereotipada de mí. De pronto, vi en otros músicos una imagen de mí mismo a través de un espejo deformante”.

Ahora Lichis, Miguel o Miguelito, “con todo en sus manos” (como reza la canción de Depedro), se adueña del mensaje que nunca debió perderse en los despachos. “Me importa mucho lo que diga la gente porque jamás he hecho música para ser exclusivo y excluyente. Siempre he querido hacer música para comunicar cosas a la gente, y ese mensaje no estaba llegando, por eso era mejor romperlo y hacer otra cosa”. Esa “otra cosa” es volver a componer, olvidar tropiezos, reconstruir el estado “neutro” que dice necesitar para crear canciones, y “dejar que los sentimientos pasen para destriparlo y sacarlo todo, como en un operación a corazón abierto”. “Quiero encontrar el estado de ánimo no sólo para componer un disco más, sino para recuperar el hábito de componer y que no me vuelva a abandonar a lo largo de toda mi vida. Los cuatro o cinco años que pasé en el dique seco han sido los peores de mi vida, porque cuando crees que vales para hacer algo, lo que sientes como tu manera de expresarte, y no te sale, es un tormento”.

Miguelito ha pasado de curso, pero prefiere seguir sentándose en la última fila para pinchar con el lápiz al ladronzuelo de delante y mirar por la ventana… mientras la profesora vuelve a explicar una extensa ecuación que hace tiempo que dejó de interesarle.

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JORGE MARTÍNEZ (ILEGALES): No le entiendan mal… o quizá sí

Escrito en Carreras Musicales, Entrevista, Gente que arde, Retratos | 29-03-2011

Mordaz, sarcástico, reflexivo y caótico a la vez. Así es la loca cordura de Jorge Martínez, el que durante años ha liderado Ilegales y ahora, reconvertido en Jorge Ilegal y Los Magníficos, trata de rescatar músicas del pasado para darles el lugar que merecen. Desde Asturias, todo parece posible…

Tenían que ser un buen puñado de casualidades y unas cuantas circunstancias adversas lo que rodease el pequeño ejercicio de dibujar el retrato de Jorge Martínez (Jorge “Ilegal”). Digo que quizá tenía que ser así porque era la mejor manera de demostrar la dificultad de pintar a quien ha hecho de la complejidad su sello. El asturiano lo pone fácil y difícil a la vez, pero si por algo ha destacado siempre es por no esconder ni una sola de sus verdades, por descabelladas que parezcan, ni adornarlas con eufemismos que muchos agradecerían.

Jorge Martínez lideró una banda de éxito que este año se separa para cubrir, según asegura el propio Jorge, otra de las necesidades del mundo de la música. De Ilegales a Magníficos, la esencia del genio loco permanece inmune al paso del tiempo y sus convicciones se aferran cada vez con más fuerza a su cabeza.

IRREVERENCIA TEMPRANERA

Su primer acercamiento al mundo de la música fue tan poético como natural. “Tendría unos catorce años cuando conseguí colarme por la ventana del local de ensayo de un conjunto allá por 1969. Repetí la operación varias veces, pero era arriesgado, y además tenía que tocar sin enchufar la guitarra y con una peseta como púa… Por aquel entonces ya me había decidido por la música; el ‘Black is Black’ de Los Bravos fue decisivo”. Sin embargo, en los siguientes pasos de su andadura musical el riesgo desapareció en pos de la seguridad y la decisión: “Estaba escrito; era un futuro pasado”, cuenta Jorge recordando la seguridad abrumadora que tenía en 1977, cuando arrancó Ilegales. Primero creó Madson, luego Los Metálicos y, finalmente, Ilegales: “Estábamos tan preparados que éramos imparables”, insiste.

Quizá haya sido la poca fe que tenía en la música ajena y su gran confianza (excesiva, para algunos) en la propia lo que ha definido la trayectoria de Jorge Martínez. “En 1977 casi todos estaban tocando esa mierda de rock sinfónico y vestían como travestidos; me ponían enfermo (…). Sí, estaban Los Cardiacos y Nacha Pop, que tenían calidad, pero yo quería oír algo mucho más intenso, y tuve que montar Ilegales (…). Por favor, no me preguntes por grupos de hoy con calidad, que vengo de tocar en un festival donde todos los grupos parecían empeñados en demostrar lo malos que son”.

PERSONA O PERSONAJE

Las declaraciones incendiarias han acompañado a la persona y al personaje público de Jorge Ilegal (“no hay diferencias entre persona y personaje; soy así de insoportable”), fruto de un combinado que parece viajar siempre con él: sarcasmo, sinceridad y arrogancia. “El sarcasmo es un magnífico recurso literario, si no hay odio no hay rock and roll, y el rock es un ejercicio de arrogancia. En cuanto a la sinceridad, es un defecto que padezco y no consigo corregir… todo esto desemboca inevitablemente en un cóctel modestísimo que se llama provocación”. ¿El resultado de la mezcla? Un veredicto: “Hemos hecho la mejor música en español de la Historia y sólo puedo desear que aparezcan grupos tan buenos que nos superen totalmente. De momento, parece que esto no es posible, pero mañana… nunca se sabe”, sentencia.

Como estudioso de la mente humana, Jorge entiende la creación como un proceso cuasi físico: “Se compone con sol o con lluvia. Cualquier manifestación artística implica una conexión con la parte subconsciente de la mente, que es la parte más inteligente. Si eres capaz de activar esa conexión, estás perdido, la creación es inevitable”. Y en su caso, esa creación pone el acento en el mensaje (“me parece una posibilidad más fascinante incluir mensajes en las canciones”), aunque no siempre las triples lecturas han llegado al receptor sin ser distorsionadas: “A pesar de que el público de Ilegales es de los más inteligentes, algunas canciones son tan resbaladizas que es fácil patinar. Es mi culpa, no puedo evitar hablar con doble o triple sentido, lo hago así desde siempre, también con los dibujos y esas cosas… Durante mi época de estudiante, los profesores estaban en constante alerta y se provocaban frecuentes escándalos; a veces entremezclaban historias y algunos incluso llegaron a pensar que yo era un eviado de Satanás que estaba allí para confundirles. En ataques de pánico generalizado llegaron a expulsarme de varios centros… pero sigo escribiendo con toda esa cosa tan perjudicial”.

MÁS ALLÁ

La máquina creadora de este asturiano que pasa de la cincuentena no se ha detenido a lo largo de todos estos años, y ha caminado con paso firme tanto por la música “Ilegal” como por otros proyectos paralelos como el jazzero ‘Zem’ (“No todo el mundo puede participar en proyectos como Zem. Creo incluso que soy capaz de lo peor para dar lo mejor”). Sin embargo, el rumbo musical que ahora parece querer tomar se aleja sin pudor de derroteros próximos al rock y al jazz para aproximarse a la música de las orquestas de antaño y, de este modo, recuperar “caminos altamente valiosos y aportar material nuevo. Es necesaria una nueva interpretación con instrumentos de época sin la adición de músicos en exceso que se estilaba antiguamente para paliar los defectos de los sistemas de grabación”.

Una vez más, este músico de apariencia nerviosa arranca proyectos nuevos apoyado en sus viejas convicciones, las que dotan de una seguridad sin fisuras cada nueva embestida artística: “Con total seguridad me meteré en todo tipo de líos en el futuro; es mi obligación asumir todo tipo de riesgos, siempre que se parta de premisas interesantes”. En definitiva, su objetivo último es el más cuerdo y noble de cuantos recuerdo: “Sentir esa cosa que hace sentir la música cuando entusiasma”.

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RULO Y LA CONTRABANDA: Un tratado sobre la emoción

Escrito en Discos, Entrevista, Músicos | 16-02-2011

Como ya hizo al frente de la Fuga, Rulo vuelve al primer plano de la escena discográfica con un puñado de canciones en el bolsillo y dispuesto a cantar las sensaciones que le han bandeado durante los últimos meses. Señales de Humo es un grito silencioso a la emotividad como motor del ser humano.

Rulo ha vuelto a desenredar sentimientos en un álbum. Pero en esta ocasión lo ha hecho lejos de La Fuga, la banda con la que llenó grandes recintos deportivos y con la que publicó ocho discos. Ahora, apenas un año después de la separación de la banda cántabra, el músico -acompañado de una reinventada Contrabanda (Pati, Fito, Quique y Txarli)- ha lanzado su música en forma de Señales de Humo (Warner Music, 2010). El compositor de Reinosa, que ha reconocido haberse reencontrado viajando por el mundo y ha confesado no tener intención volver a formar parte de una banda, ha vuelto al mercado discográfico con un trabajo más íntimo pero con el mismo rock and roll que le catapultó a la fama.

Señales de Humo está a la venta en un cuidado formato disco libro que recoge comentarios del artista, reflexiones, imágenes y todas las canciones escritas de puño y letra por el cantante. La imagen ha cambiado, pero el fondo sigue intacto: ahí está la tristeza, la melancolía, el agradecimiento, la soledad y el rock and roll para envolver guiños al reggae, a la rumba y a las baladas más frágiles. Decía el nobel Alexis Carrel que, “lo mismo que un río, el hombre es cambio y permanencia”. Estas Señales de Humo son un aperitivo de ese cambio… y la consolidación de esa permanencia.

Hablamos en febrero y apenas tenías cinco temas listos y mucho por “reinventar”. Siete meses después ya hay banda, disco y gira.

Sí, ha ido todo muy rápido. Me costó arrancar, pero estuve componiendo muchísimas horas al día. Si no estaba con la guitarra estaba con el cuaderno, salía con mi gente pero estaba desconectado, porque no sólo se trata de estar con la guitarra, sino de estar en actitud. Tengo el privilegio de poder hacer eso, pensar sólo en componer, pero así es como salen resultados. Un disco supone mucho esfuerzo mental y en este hay más dedicación. Nunca he dedicado tanto tiempo a un disco, quizá porque en este no tenía corsé. Al no tener límites, tampoco quería que se me fuera la olla, porque si se me va un poco más de un lado en un tema no pasa nada, pero no quería que se me fuera demasiado.

No es tan grave hacer cambios que diferencien tu anterior proyecto del nuevo, ¿no?

Claro, de hecho, de lo que más contento estoy y lo que he buscado es que en el disco pasaran cosas. No aguanto un disco que en la tercera canción no pase nada, que las once sean iguales. Era importante que no se me atragantase mi primer disco, que fuera un poco diferente. Siempre he sentido que tengo más música dentro de la que he hecho hasta ahora.

Pero este disco sigue teniendo coherencia, aunque te hayas dejado llevar…

Sí, es cierto, aunque por ejemplo, si escuchas ‘Por Morder Tus Labios’, el corte 8, encuentras pura fragilidad, y después pones la 9, ‘Fauna Rara’ y es como un escupitajo… Eso me encanta.

No sólo ‘Fauna Rara’, también la balada ‘Heridas De Rock and Roll’ es un cambio en la línea del disco que el público agradece.

Sí, a mí me pasa igual. En otros álbumes, las canciones que mejor funcionaron fueron las más diferentes. Siempre he dicho que ‘Pa aquí y pa allá’ está muy bien, pero ya hicimos una. No hay que repetirse. Por eso cogí a Pati, porque su forma de tocar la guitarra era distinta y yo buscaba no irme instintivamente a lo mismo que había hecho antes. Pero sin forzar.

‘Heridas de Rock and Roll’ parece la sucesora natural de ‘Por verte sonreír’ en cuanto a emotividad…

Sí, es la joya de este disco porque tiene algo más que no tienen las demás. Tiene una carga emocional brutal.

¿Has tenido que pulir temas escritos demasiado en “caliente”?

No, porque nunca he sentido ira ni indignación, sólo pena y tristeza.

¿Eres consciente del vuelco que ha pegado tu vida?

De dos meses aquí es alucinante. Todo el mundo dice que me ha cambiado hasta la mirada. Es lo bonito y lo feo de la música. En un año te puede cambiar todo. Cuando estás abajo no piensas que va a pasar esto, pero ahora parece que todo el mundo lo veía menos tú. No pensaba que iba a conseguir esto cuando dejé La Fuga. Si hubiera creído tanto en mí, no habría montado una banda con colegas. Irte de lo que consideras que era tu casa en el mejor momento fue arriesgado, pero ahora me alegro. Está saliendo todo sospechosamente bien.

¿Sospechosamente bien? ¡Si todo parece haber rodado de forma natural!

Es cierto. Cuando hablamos en febrero tenía cinco canciones escritas y empecé a creer, en mí. Cuando empiezan a salir las canciones empieza todo, porque siempre hay un momento en que te da miedo que no te vuelvan a salir temas. Warner se puso las pilas para apoyar el disco, también amigos que tiraron de mí. Todo empezó a rodar. Hay gente con la que he vivido cosas muy intensas en poco tiempo. Ha ido todo tan bien de repente, que a veces me pregunto cuándo viene la hostia.

¿Cómo ha ido formándose la Contrabanda?

A Pati le vi tocar hace un año, y cuando se rompió La Fuga supe que tenía que ser él. Tuve una corazonada, y en el estudio vi que había sido un acierto. Tiene estilazo tocando y es de los que no trabajan para ellos sino para la canción. Estuvo en Fantástico Hombre Bala, y ahora giraba con Jarabe de Palo. Le llamé porque teníamos amigos en común. Él no me conocía ni conocía a La Fuga, le dije que me estaba reinventando, que intentaba levantar la cabeza y que él me gustaba para mi nuevo proyecto. Cogí un avión a Barcelona, le conté mi idea y se comprometió a grabar el disco. Ha hecho cosas geniales en este disco.

Quique vino de pianista en la gira de teatros y ahora toca el bajo. Ha tocado el bajo 20 años en Distrito 14, un grupo de Aragón, un mito allí. Me dijo que me ayudaba en lo que fuera. El batería es Txarli Arancegui, que ha tocado con mucha gente. También se ha sentido como uno más y no un músico a sueldo. Todos han abandonado sus proyectos para venirse.

Y finalmente, Fito entró en La Contrabanda…

Ha sido complicado después de todo lo que pasó en La Fuga. Nada fue premeditado, pero estábamos hechos para tocar el uno con el otro. Hay armonía musical y personal…

El concepto es el de una banda, pero este proyecto lo emprendes en solitario…

Sí, no creo que vuelva a estar en una banda. Tengo dos manos para trabajar si tengo que volver a ser fontanero, pero en una banda no quiero volver a estar porque es un desgaste brutal. Lo que tengo ahora es lo mejor de una banda y lo mejor de un proyecto en solitario. Tengo respaldo, me aportan y yo les dejo hacer, pero no tengo que hacer cincuenta reuniones para todo, para cada decisión que hay que tomar.

¿Entonces no volverá a juntarse La Fuga con Rulo?

Volver a juntarnos los cuatro dentro de unos años porque nos apetezca, por ONG o para pagar la hipoteca, no digo que no pueda pasar. Pero estar en un grupo con lo que eso conlleva, eso no. En un grupo la gente choca, cuando se cambian puestos los grupos se desestabilizan. Además, si las canciones no las hubiera hecho yo en La Fuga, por ego personal no las tocaría, pero como no necesito aguantar a nadie ni que me aguanten a mí para cantarlas, no tiene sentido.

¿Te resulta extraño escuchar a otro cantando tus canciones?

Cuando escuché lo nuevo que han grabado, pensé que se me moverían las tripas o me desestabilizaría, pero no me ha revuelto. Cuando escuche mis canciones, supongo que algo me moverá, sería lógico, porque si no te remueve nada es que no fue bonito. Pero todo está bastante superado. No me importa ya hablar de nada de eso.

Me alegra que siempre hables de todo, hay grupos que se molestan si les hablan de su pasado o de sus bandas anteriores.

Antes no hablaba mucho del tema porque estaba en caliente, pero después de escuchar cosas de gente que ha hablado por mí, he optado por hablar de la ruptura. Hablar del pasado no me preocupa porque estoy en paz con él. Quizá me fastidiaría hablar del pasado si las canciones no las hubiera hecho yo, pero también son parte de mi vida. Sé que estas canciones también tienen protagonismo porque tengo un buen disco y la gente hablará también de las canciones nuevas.

Has grabado en el sitio de siempre con acompañantes distintos. ¿Cuántos “como siempres” y cuántas novedades ha habido?

Ha sido un buen rollo que pensé que nunca iba a pasar, conectamos muy rápido. Es pura magia, como la que tienes cuando grabas tu primer disco. Las primeras veces en la vida siempre son especiales. La última grabación no la recordaba muy bien, no porque hubiese mal rollo entre nosotros, sino porque cada uno pensaba de una manera, cada uno iba por un lado, aunque grabábamos juntos. No es que te quieras matar pero, al final, en vez de estar echándote unas risas estás llegando a acuerdos de mínimos.

En esta grabación nos sentimos como niños de 15 años y eso fue genial. Hemos estado como en una comuna. Los músicos se han dejado mucho más que talento en este disco. Aunque el proyecto sea mío, no pueden ser como músicos de pago, porque la relación es distinta, no he querido cortarles las alas a la hora de proponer. El que se vengan a la gira es sintomático del ambiente. Todos han decidido romper con sus proyectos y venirse aun sin saber cómo funcionará. Pero si en unos años ellos no me soportan o yo no aguanto a alguno porque rompe la armonía, hay libertad para separarse y no aguantar cosas que nadie quiera aguantar.

¿Confías en que el la convivencia siga siendo igual en la gira?

Es como una novia nueva y eso es muy bonito. Echas un poco en falta ciertas cosas, pero siempre tienes ganas de ver cómo funciona con ella. Además, como la última etapa no fue tan bonita, a poco que la cosa funcione, va a estar muy bien.

Pero es como una relación a distancia… cada uno vivís en un sitio.

Hablamos mucho por teléfono. Hay matrimonios que duran porque no se ven tanto. A veces la rutina mancha y destroza todo, así que no me preocupa la distancia.

¿Volverás a grandes recintos en esta gira? Es proyecto nuevo pero tienes un bagaje detrás…

¿Qué es una sala grande…? Con la crisis yo las veo todas grandísimas. No tenemos un objetivo, y eso se lo he transmitido a Get In. Mi objetivo es echar a andar la historia.  Tengo pocos lujos, no tengo una urgencia de hacer mega conciertos o algo extraordinario. He rechazado conciertos en este tiempo porque tengo la suerte de no necesitar entrar en eso. Puedo volver a empezar aunque no sea de cero, porque los aciertos y los errores del pasado también me habrán servido para algo. No me asusta bajar escalones por el hecho de empezar.

¿Uno sigue poniéndose metas sabiendo hasta dónde pudiste llegar antes?

Mis sensaciones son cojonudas, pero soy de esperar poco. Si deseas poco, no te pegas hostias. Si yo estoy pensando que mi objetivo primordial es tocar con este disco en el Palacio de los Deportes, quizá toque para 500, que ya es increíble hoy en día, y no lo disfrute. Si no deseo tanto, así luego me sabe todo a gloria.

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Por creer en los cuentos…

Escrito en Escenas, Músicos, Opinión | 26-01-2011

Aquella tarde tampoco le recibieron. No era la primera vez que se quedaba ahí plantado, frente a la puerta de ‘su’ discográfica, esperando que algún jefe(cillo) le diese una respuesta o, al menos, abriese la puerta para que un poco de luz anunciase la salida definitiva del disco. Recuerdo su cara de impotencia mientras se quitaba el abrigo en esa diminuta cocina que, casualmente, se había convertido en el lugar en el que escuché los lamentos de músicos en busca de las soluciones que los que tenían el ‘mando’ evitaban dar, agazapados en sus despachos y aquejados de sordera temporal… “Ya ni si quiera me apetece tocar mis canciones”, decía apoyado en la máquina de café. Él no fue el único. Otro grupo simplemente bajó la cabeza y dijo: “Creo que nos han engañado…”. El primero aún hoy pelea por un hueco en los escenarios. Los segundos abandonaron la música meses después…

Han pasado varios años y no han cambiado tantas cosas. En los últimos días, ha nacido un nuevo manager (o dos, tres, cuatro…), un nuevo sello (o duplicador de CD`s a buen precio) y una agencia de promoción (o mailing ‘a cascoporro’). Pero una tarde, llegó a mi correo una frase lapidaria de una nueva agencia, la gran promesa a sólo un click: “Llevamos tu música a todas partes”. Leí aquello mientras la televisión emitía un documental sobre la vida de los buitres negros en la Península Ibérica, con una voz que explicaba: “Se acercan con rapidez a su víctima, antes de que lleguen otros buitres… A menudo son solitarios… Son más escrupulosos que otras especies…”. Traté de imaginar cuántas especies estarían escondidas en esa maraña de promesas, contratos, porcentajes y ofertas. ¿Qué atraía a los buitres? ¿Cuál era el punto débil de sus víctimas?

Descubrirlo fue fácil. Al día siguiente, tropecé con un cantante que acababa de sufrir un ataque y, entre balbuceos, se preguntaba qué víscera había resultado dañada (y dudaba entre extirparse su disco recién lanzado o desconectarse de lo único que le mantenía vivo… la fe). “Esa es la consecuencia, pero no la causa”, pensé. Tres días después, otra víctima confesaba buscar un manager que se “preocupase” por ellos y evitase un ataque inminente. “Sólo queremos eso”, repetían. “Eso sólo es miedo”, interpreté entonces.

La respuesta definitiva a mis dudas llegó hace dos semanas, en un antiguo y acogedor bar de Tribunal, que bien podría haber representado la diminuta cocina de aquel sello discográfico. Se sentó, pidió una pinta de cerveza alemana y sentenció: “Sólo queríamos alguien que nos tratase con cariño”. Ahí estaba él, superviviente de un sinfín de ataques demoledores, poniendo el punto y final a mi estudio de campo. Esa era la vulnerabilidad que olían los buitres; en esa ingenuidad estaba el acceso directo al corazón de sus víctimas.

Fue pasando la noche y olvidé otras conclusiones de mi estudio socio-músico-animal. Pero recuerdo que brindamos por su ingenuidad, porque le había provocado tantas cicatrices como satisfacciones y porque, sin ella, no sería músico. Al menos, eso me confesó mientras abría los brazos parodiando, entre risas, los últimos ataques que había recibido…

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JOSELE SANTIAGO: Amigo de silencio

Escrito en Carreras Musicales, Entrevista, Gente que arde, Retratos | 16-01-2011

Sin la chaqueta de tristeza con la que muchos le vistieron en el pasado, Josele Santiago, el creador de canciones, sigue transitando por la música sin prisa pero sin pausa, acariciando la carrera larga que un día se prometió a sí mismo, y disfrutando del placer de correr menos y caminar más…

Puntual, callado y tranquilo se presentó Josele Santiago en una Manuela Malasaña que poco tiene que ver con esa calle alternativa, huidiza de excentricidades y mágicamente indiferente al mundo que la convirtió antaño en refugio de muchos. El músico lamenta la plaga de terrazas que han desposeído de identidad a este céntrico barrio de Madrid (“sigo siendo un hombre de barra”, explica) y por eso nos conduce a uno de los pocos bares que quedan “de los de antes”. De larga barra, olor a aceitunas y un grupo de ancianos arremolinados en torno a una mesa.

Mientras repasa el bolo del día anterior, el Josele Santiago curtido -en lo musical y lo personal- sigue dejando paso al que asume la premisa de trabajar con si la experiencia y los años sólo fueran una anécdota: “Tal como están las cosas, si tengo que ir yo sólo con la guitarra porque no da para más, iré yo sólo con la guitarra”. Parece que más de 25 años en el mundo de la música, catorce discos (y cuatro EP’s) con Los Enemigos y tres en solitario no son suficientes para acomodarse.

ADICCIÓN MUSICAL

La parábola más recurrente de toda “biblia musical” es la que cuenta que la droga es consecuencia lógica del rock and roll. Sin embargo, el proceso natural no siempre lleva la misma dirección. “Muchas veces escucho eso de que el rock and roll lleva a las drogas, pero a mí me pasó al revés. En mi barrio había mucha heroína. Me monté mi banda, pasaba horas en el local de ensayo y en casa, y eso eran horas de calle que me quitaba. En vez de estar bandarreando, tenía mis horas de ensayo. Monté mi grupo y el resultado fue salir de aquello. La música fue una salvación más física que espiritural”.

Pudo haberse apartado de esas horas de mala vida con el flamenco que había visto interpretar a su padre, pero sus gustos musicales se apartaron pronto del Sur para acercarse a tierras anglosajonas… “El primer cassette que tuve fue de los Beatles y, cuando cogí la guitarra, empecé a sacar temas; saqué ‘El Submarino Amarillo’ y ya seguí todo para adelante”.

Ese “para adelante” comenzó con aquel IX Trofeo Villa de Madrid que dio el pistoletazo para que, un año después, en 1986, grabase su primer álbum con Los Enemigos y pensase que, quizá, el éxito no era inalcanzable. “Al principio eres un chinorrín, llegas a la final del concurso, ves un mogollón de gente y piensas ‘esto ya está, ya soy una estrella del carajo’. Pero pronto ves que no. Y, en vez de comerte el mundo, empiezas a proponerte tocar fuera de Madrid, aunque sea gratis. Luego te pones la meta de tocar fuera y cobrar algo, y así es como hay que andar. Sin ponerte metas que estén en un horizonte tan lejano que ni si quiera puedas verlas”.

Aunque no tenía intención de cantar (“Quería ser guitarrista para estar en una esquinita fumarme un pitillo y tan a gusto”), se convirtió en el frontman de una banda que muchos etiquetaron como “legendaria” el mismo año que anunció su separación. “Parece que todo el mundo despertó cuando anunciamos que nos íbamos a separar”, ironiza.

EL SABOR DEL SILENCIO

Tras la separación, renació un Josele Santiago que llevaba años buscando un silencio que no encontraba dentro de una banda como Los Enemigos. “Era mi eterna pelea con el grupo. Peleaba por los silencios, por que las canciones respiraran. Éramos cuatro instrumentistas con una incontinencia tremenda: hueco que había, hueco que se cubría. Pero una canción necesita silencios, si no los tiene, no respira”. Tal vez fue ese el motivo por el que sintió cierta “liberación” el día que se lanzó a vivir la música en solitario. “La apuesta era arriesgada, pero yo recuerdo la noche del último concierto de Los Enemigos como una de las más felices de mi vida”.

El Josele Santiago de hoy, el músico y la persona, vive a otro ritmo. A caballo entre Cataluña y Galicia, con alguna escapada a Madrid, sigue creando en silencio, en el silencio que obliga a no escuchar modas y, a sus 45 años, seguir confiando en el proyecto de carrera de fondo que se marcó hace tiempo. “Cuando me metí por primera vez en el estudio me planteé tener una carrera larga. El objetivo no fue tener un pelotazo ni hacer concesiones absurdas sino una carrera larga, y eso incluía respeto, esto te lo tienes que labrar haciendo buenas canciones”.

Y cuando de canciones se trata, Josele Santiago es una experto; no en vano, es para muchos uno de los grandes letristas de este país. ¿El truco? Mimar las canciones. “No soy impaciente, me tomo al menos dos años para cada disco porque espero a que salgan las canciones. Son muchas papeleras llenas para una canción. La transcripción al papel y al soporte sonoro es una parte mínima de tiempo en comparación con la observación, investigación, organización y todo lo que haces para crear una canción que quizá, al final, has borrado. Detrás de cada letra, normalmente, hay cinco o seis desechadas”.

En esas letras que han visto la luz a lo largo de su trayectoria musical, los medios han encontrado la ironía oscura, el regusto amargo y el desencanto vital de un personaje con tendencia a la tristeza. Pero esas etiquetas poco tienen que ver con la perspectiva del propio Josele. “La primera etapa de Los Enemigos no era oscura, luego quizá sí, pero fue una etapa; en la vida pasas por distintas etapas. También fue la edad, los discursos oscuros llegan en una edad en la que uno tiende a dramatizar mucho. Con el tiempo, uno vuelve a recuperar no la alegría entusiasta de la juventud, sino la alegría como opción terapéutica. Uno aprende a torear más que a boxear”.

APRENDIZAJES

No todo lo aprendido en una extensa carrera artística es suficiente para dejar de tomar lecciones, empezando por las universitarias. “Ahora estudio veterinaria porque me gusta, aunque tal y como están las cosas nunca se sabe”, reconoce. Para las demás lecciones, se ha dedicado a vivir y a absorber lo que aportaron personas como Lalo Cortés. “Fue un personaje clave en mi carrera. Fue nuestro primer manager y falleció antes de grabar ‘Tras el último no va nadie’. Él nos hizo creer que podíamos tirar del carro; la fe que puso en Los Enemigos fue decisiva”.

Josele sigue teniendo esa fe firme en su trabajo, esa confianza que sólo se tambalea en momentos puntales: “El miedo a que no salgan más canciones es inevitable siempre que termino un disco, porque no soy muy prolífico, y si grabo doce canciones es que tengo doce canciones. Cada vez que grabo me quedo en pelotas. Eso sí, con el tiempo te acostumbras a esa sensación y le vas quitando importancia”.

Consciente de que “más que canciones, hoy se venden símbolos encarnados en personajes muy trabajados”, el músico dice no tener mucha capacidad ni intención de hacer de sí mismo “un personaje interesante”. Quizá esa falta de intencionalidad es lo que le convierte en el poseedor de esa especie de chulería sin pretensiones, de ese saber sin demostrar, de ese callar para no interrumpir al silencio.

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Me iTuneé, me Facebauticé y, finalmente, me Spotifyé

Escrito en Opinión | 17-11-2010

Aún recuerdo mi primera vez. Mis nervios y esa extraña sensación de vacío… después. Después de iTunearme. Aquel noviete me regaló una clave de acceso que se traducía en un disco que, en pocos segundos, Mr iTunes reproduciría en mi ordenador o en mi “cola de reproducción” (el nombre tiene miga…). Empezó así el mágico proceso etéreo de compra de ese disco de rock-pop que jamás tocaron mis manos, ni si quiera para impregnarlo de huellas dactilares, para sacar el libreto que una nunca vuelve a doblar bien o para romper una caja que acabaría cobijando cualquier otro disco.

Un tiempo después, me facebauticé. En mi facebautismo no hubo más regalos que cañas virtuales, ciberabrazos e invitaciones a comprar no-sé-qué-gallinas en no-sé-qué-granjas, además de una reinvención de conceptos que antes, fuera del ciber-universo, estaban claros. Ahora, un “fan” ya no es el resultado de la acumulación de conciertos, sino del número de pulsaciones en un botoncito llamado “Me gusta”.

Pero mi facebook-relación creció y se lanzó a las revueltas aguas musicales. Y resultó que no tenían tanta profundidad. Apareció un diminuto mundo de 200 amigos comunes del que uno forma parte al pulsar el primer “Aceptar” ante la petición “amistosa” de un manager. De esa maraña interconectada brotaban, una y otra vez, los mismos dueños de sellos, salas de conciertos, periodistas, músicos y fanátic@s de todas las bandas (Nota para el futuro: descubrir por qué los fans se conocen entre sí y son siempre los mismos).

Irrumpieron entonces los facebook-piratas, asaltando una y otra vez mi barco para etiquetarme en sus carteles, colocar sus videoclips en mi muro e invitarme a “eventos” en cualquier rincón de España. Y ya no importa si mi residencia actual es Otawa, porque me seguirán invitando a conciertos en Mota del Cuervo (que, como todo el mundo sabe, tiene una conexión aérea muy buena con Otawa).

Como buena fashionista (antes muerta que desfasada), no me dormí en los espinosos laureles del facebautismo y, hace meses, me Spotifyé. Perdón, primero Spotidesconfié para luego entregarme en cuerpo y alma (quizá más cuerpo que alma) a esa máquina destiladora de hits. El programa escondido en esa pequeña bola verde era un enorme nicho descubridor de música y el mejor terapeuta para tranquilizar mi conciencia por abandonar la indiscriminada, repetitiva y a menudo pobre selección de las emisoras musicales.

Me pregunto dónde guardé aquel walkman (envuelto en celofán, para sujetar la pila) o ese discman que apenas podía mover sin que dejase de “leer” el CD. Me cuesta recordar el sonido del vinilo girando y el roce de la aguja en cada surco, o la última cinta de “varios” que grabé y rebobiné con un boli Bic. Perdónenme por haberme iTuneado, por haber pecado tras mi Facebautismo y por haberme Spotifyado. Una, que es adicta a engancharse al carro de las reinvenciones. También las musicales.

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El cuento de la música (IV): Penny Lanes

Escrito en El cuento de la música, Opinión | 23-06-2010

Dicen que todo es cíclico, que todo vuelve en la música. Pero… ¿y las groupies? ¿Volverán las groupies de los 70, esas que lograron convertirse en parte de la historia del rock? Me pregunto si reaparecerán las Penny Lanes, como se hace llamar Kate Hudson en su papel de groupie en la película ‘Almost Famous’ (Casi Famosos). “Somos banderas”, decía Penny, quien -consciente de lo que dice la historia (ninguna termina emparejada con un músico)-, añadía: “Digo a las chicas que no lo tomen en serio. Si no lo tomas en serio, no pueden hacerte daño. Si no te hacen daño, siempre te diviertes. Y si te sientes sola, puedes ir a la tienda de discos a visitar a tus amigos”.

Poco o nada queda de esas “banderas”, auténticas divas inspiradoras que albergaban grandes secretos de las estrellas del rock. Una de las más famosas, Pamela Des Barres (Jim Morrison, Mick Jagger, Eric Clapton y Jimmy Page, entre sus conquistas) escribió en su libro ‘I’m with the band: Confessions of a Groupie’, que las groupies de ahora ya no aman la música ni son auténticas musas. Quizá sea cierto que hoy quedan pocas capaces de entonar palabras como las que recogía en su biografía otra veterana, Bebe Buell (Mick Jagger, David Bowie, Steven Tyler, Iggy Pop…): “Estaba enamorada del rock&roll, y eso se convirtió en el motor emocional de todos y cada uno de mis movimientos”.

Sin embargo, muchas groupies actuales, convencidas de que Fender es un personaje de Futurama, se dedican a acumular “pruebas” que les darán el reconocimiento público que necesitan para ser “uno más del grupo”: púas, pases de backstage, entradas y fotos que pronto pueblan sus facebooks, tuentis y blogs y que demostrarán que ellas, y no otras, están en lo alto del podio. Hoy muy pocas tienen el poder de enfrentar a miembros de un mismo grupo, como hizo Anita Pallenberg, de quien dicen que tuvo affaires con Brian Jones, Keith Richards y Mick Jagger (los tres de Rolling Stones), y de cuyas relaciones, al parecer, nacieron canciones como ‘Simpathy for the Devil’, ‘Happy’ o ‘Beast of Burden’. Tampoco nadie se ha presentado como poseedora del ingenio y la información necesaria para escribir un libro con los secretos de sus idolatrados, como hicieron Pamela Des Barres, Bebe Buell o Marianne Faithfull, esta última comparando las cualidades de Jagger y Richards como amantes.

Cuentan sus biografías que aquellas groupies viajaban con el grupo como uno más, les esperaban en el backstage y alcanzaban un reconocimiento público que siempre llegaba. Las groupies del rock del siglo XXI nacen de foros y redes sociales, algunas saltan al puesto de merchandising y, en los mejores casos, llegan a convertirse en managers, asistentes, novias o incluso a apoyarse en las bandas para lanzar prometedoras (o no) carreras en la moda, el cine o la música. En los peores casos, pasan a ser amigas útiles que, con el tiempo, acaban suplicando por una invitación en puerta que, de pronto, no llega…

Es posible que haya quien encuentre su reflejo en las palabras de la madre de William (el joven protagonista de ‘Almost Famous’) a la puerta de un concierto al que cientos de chicas esperan entrar: “Fíjate, toda una generación de cenicientas… y no hay zapato a la vista”.

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RULO: Baja por reinvención

Escrito en Entrevista, Gente que arde, Retratos | 08-06-2010

Se confiesa tímido, pero puede convertir un saludo en conversación. Dice ser frío, pero es sensitivo y sensible. Habla despacio, aunque su mente se acelera y a menudo se sobre-revoluciona. Rulo peca de melancolía pero, sobre todo, es capaz de encontrar lo vibrante de cada paso del presente y juguetear con la ilusión del futuro.

Dicen que Rulo viene  a Madrid un par de días. Ha recorrido varios países enganchado a una guitarra. Tocaba reinventarse. Cuentan que ha vuelto a respirar… y a vivir (siempre recuerda que “no sólo respirar es vivir”). Bajo una lluvia incómoda, su coche de cristales tintados nos transporta hasta el Dr. Jekyll, que abre sus puertas para albergar una buena conversación en la penumbra de una tarde lluviosa.

Rulo no habla alto, no se acelera. No se exalta pero tampoco permanece impasible. No acusa ni se excusa, pero se vuelve contundente cuando su vida ‘musicada’ se pone sobre la mesa. Y su acelerada y perfeccionista cabeza parece tener más trabajo del que aparentan unas palabras que hilvana con serenidad. Raúl Gutiérrez -Rulo- simplemente cuenta, y lo hace mientras lucha contra esa timidez que impide que te mire fijamente a los ojos hasta después de casi dos horas de conversación, cuando la grabadora se ha quedado sin pilas y varias jarras de cerveza están vacías…

A SORBITOS

Un viejo músico dijo en una ocasión: “En esta vida hay tres tipos de personas: las que dicen ‘me gustaría ser músico’, y esas nunca lo serán; las que dicen ‘quiero ser músico’, y esas quizá lo consigan; y las que dicen ‘voy a ser músico’. Estas últimas siempre lo consiguen”. Rulo era uno de esos niños tozudos aferrados a la tercera categoría… “De pequeño era un cabrón obstinado. Con 13 años dije en casa que iba a ser músico”. Y lo dijo después de criarse en una casa con guitarras (su padre fue músico) y crecer entre discos de The Beatles, Supertramp o Sabina. “Pero luego llegaron Barricada y Los Suaves, que me hicieron pasarme a la guitarra eléctrica y al rock”, matiza.

Poco amante de lo excéntrico, los pasos en falso, la superficialidad y los mitos pasados de moda, parece que Rulo fue capaz de aplicar a la música una máxima: disfrutar de cada paso del camino. “He sido capaz de valorar muchísimo cada cosa que he tenido porque todo lo que he conseguido me ha costado mucho. No ha habido un año clave en mi vida, todos han sido especiales. No vale más tocar en el Palacio de los Deportes que vender tus primeras 800 maquetas. Es distinto para quienes han vivido un pelotazo. Lo nuestro fueron subidoncitos”.

Una legión de acompañantes se ha sumado en ese camino de pequeños subidones, aunque en 15 años no siempre caminar acompañado ha sido mejor que caminar solo… “La peor soledad es que a veces sientes por dentro (…). No me gusta que, cuando las cosas van bien, los camerinos se llenen de personas que quizá no merezcan tanto estar ahí como otras que habían estado antes”. Pero ellos, los de antes, quizá salieron del backstage, pero nunca de la vida de Rulo. “No suelo olvidar a quienes estuvieron al principio. Personas como Edu (vocalista de Malas Noticias), que hizo tanto por nosotros cuando empezamos a ir a Barcelona a tocar”.

AQUÍ Y ALLÁ

Hay pocos músicos de cuya tierra se hable tanto como de la Reinosa natal de Rulo. “Siempre ha sido perfecto, un buen refugio. Ha sido más difícil con el divorcio de la banda, ya se sabe que ‘pueblo pequeño, infierno grande’. Pero no creo que fuera feliz en otro lugar. Reinosa es parte de mí”. Parece que allí no es difícil encontrarle un lunes o un martes cualquiera “conversando en una barra” y arreglando el mundo con amigos a altas horas de la madrugada.Foto: www.visionrock.net

Y si dejar Reinosa nunca ha sido una opción, olvidarse de América, tampoco. “Allí la gente es especial, el público es especial. Iré siempre que pueda, aunque tenga que perder dinero, porque no es una inversión económica, es una inversión de vida. Cuando viajo allí me traigo siete u ocho años más de ilusión”. Precisamente ilusión es la llave sin la que Rulo, el de ahora, no sale de casa: “Necesito rodearme de gente que le ponga mucha ilusión. No busco un manager de la hostia, ni tíos que toquen muy bien. Necesito ilusión. Sólo eso”.

Siete países en algo más de dos meses. Rulo no se ha ido estos meses pasados tan lejos para huir sino para encontrarse. Y ese “saco de inseguridades” que dice ser -como buen creador- ha hallado “la salvación” donde siempre ha estado: “Hace meses pensé que no podría volver a escribir… pero he vuelto a componer y las canciones me han vuelto a salvar, como ya lo hicieron en otros momentos de mi vida”.

DE CAÍDAS Y LEVANTADAS

Y una vez salvado, todo es futuro. O… casi todo. “No me gusta romper con el pasado, no estoy resentido con él. He hecho 55 canciones con La Fuga, es mi vida musicada. Creo que hay que aprender a convivir con el pasado, con los errores y los aciertos. Soy algo melancólico y siempre miro atrás, aunque sea de reojo”. Mientras tanto, en el presente, las primeras canciones de este año ya han empezado a cobrar vida, aunque aún no entienden de tiempos ni de lugares ni de más exigencias que la dura crítica del propio Rulo. No necesitan entender de nada ni de nadie sino, simplemente, existir. “La sensación de hacer una canción nueva y que te guste es una sensación brutal (…). No me da miedo no poder vivir mañana de la música, si me diese miedo no me habría ido. Lo único que me da miedo es no ser feliz haciendo lo que hago. El poder estar agusto con lo que estás haciendo vale más que cualquier otra cosa en el mundo”.

Por todo eso, se ha permitido caer y volver a levantarse cuantas veces sea necesario. “La vida es una sucesión de caídas y levantadas. Esta última caída ya pasó. Ahora estoy en la levantada”. En esta reinvención, ha vuelto a destaparse el Rulo conversador que esconde la inocencia del que aún se sabe soñador en un mundo de descreídos.

En la calle ha parado de llover y ha caído la noche. En la madrileña calle de Alvarado, apenas suenan las pisadas contundentes de unos tacones, el sonido sordo de las teclas de un teléfono móvil y su caminar silencioso. Mientras se aleja, con su coleta medio deshecha y las manos en los bolsillos, repaso mentalmente sus viejas canciones, esas de las que apenas hemos hablado. Sólo hay un fragmento que se repite una y otra vez en mi cabeza. Ese que dice… “vale más mi sueño que el dinero…”

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El cuento de la música (III): Matrimonios Vs. Rupturas

Escrito en El cuento de la música, Opinión | 04-05-2010

Hay pocas canciones de rock en las que no aparezca un bar o una larga noche de alcohol y lamentos. Poco sorprende entonces que sean precisamente los bares el punto de encuentro de los divorciados musicales. Allí se encuentran a menudo los porqués de aquel cantante que abandonó la banda una tarde de noviembre, de ese guiarrista al que echaron repentinamente y sin haber bebido las mieles que sintió antes de tiempo en sus labios, o del batería que, seis años después, no ha podido olvidar y que aún pega banda(zos) mientras escucha cómo sus “ex” se llenan los bolsillos. Ellos abarrotan los bares contando su historia y esperando una palmadita cómplice en la espalda.

También en los bares se susurran los desgastes de matrimonios musicales al borde del precipicio. Del guitarrista al que siempre bajan el volumen, del bajista harto de su papel de “segundón”, del batería dispuesto a bailar cuantas aguas sea necesario o de ese cantante y sus canciones, que es lo único que le salva de permanecer en la banda. Apoyado en una barra, uno puede escuchar los celos, las acusaciones y las miserias de los grupos más fingidamente unidos.

Y todos, unos y otros, entran en el bar sacando pecho. De un vistazo, los divorciados intentan averiguar cuántos amigos y fans les han quedado de pensión, mientras recuerdan el último “tenemos que hablar” y el consiguiente: “el manager para ti, el sello para nosotros que somos más, y las groupies… para todos”.

Entre cervezas, aparecen altas y claras las conclusiones del resquemor. Y con el primer tercio, los divorciados escupen argumentos que se repiten: “la fama les ha cambiado”, “han sido injustos” o “esto ya no es lo que era al principio”. Y la noche pasa. Y con la tercera cerveza aparecen los recuerdos de perversas yoko-onos, de sustancias culpables, peleas de gallos en el local, discrepancias falsamente musicales…

Cuando la noche está a punto de acabar y se encienden las luces, los camareros recogen los últimos vasos y las cuentas pendientes. Es ahí donde el sonido de las propinas les recuerda que es el dinero el finísimo hilo que une (o ata) a quien ha optado por el matrimonio sin amor. “Si no hay pasta…”, decía hace poco un conocido productor musical.

Los que salen del bar por la puerta de atrás dejan su último suspiro en la barra mientras lamentan la ley del divorcio y la maldita costumbre de la separación de bienes. Desde la barra, contando hasta el último céntimo del cambio, otros les despiden asumiendo que no tardarán demasiado en recorrer ese mismo camino. Como en un matrimonio, todos cierran la puerta aspirando a segundas partes, a tiempos mejores. Al fin y al cabo, por un puñado de euros, quién no aguantaría a un cantante estrella, a un mal guitarrista o a un batería avaricioso.

Camino de casa, algunos aún reviven la última tarde en el local, la de las maletas en la puerta. “O él o yo”, dijeron ufanos. Y, como sucede casi siempre que se pronuncian esas cuatro palabras, ganó él. Por la mañana, lejos del bar, algunos aún son capaces de recordarse que una amarga despedida suele ser el anticipo de un dulce encuentro.

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…El día que Roberto Iniesta presentó su primer libro…

Escrito en Escenas, Gente que arde, Opinión | 22-04-2010

Querido Robe,

Dijeron que tú, el mismísimo Robe Iniesta, flamante cantante de Extremoduro, venías a Madrid “para hablar de tu libro”: El Viaje Íntimo de la Locura. Y allí, en esa sala de presentaciones, se reunieron un puñado de periodistas esperando encontrar al Robe impertinente, desdeñoso e incorregible al que parecen haber retratado los medios desde hace tiempo. O, tal vez, al Robe tímido e introvertido que a mí me pareció reconocer hace algo más de cuatro años en la acogedora buhardilla de la casa de Iñaki, y de cuya boca no salían más de tres frases seguidas. Pero allí ni si quiera apareció el “Robe-Dios” que algunos periodistas fanáticos han querido pintar tantas veces. Apareciste tú. Con trescientas frases saliendo de tu boca. Y con el pelo corto y azul, aunque igual de flaco… Disculpa, hemos venido a hablar de tu libro…

Lo que sucede es que a personas como tú, la gente no quiere preguntarles por su libro. De las personas como tú, quieren saber qué hacen cuando nadie les ve. Por eso quieren escuchar a Robe hablando, una vez más, de drogas. Pero tú, ahora, sacas la ironía y huyes de los rodeos… “Lo que quieres saber es si me drogo o no?”. Y, aunque insistan en buscar una reflexión metafísica que relacione tu libro, la locura y las drogas, tú simplemente matizas: “La locura se lleva dentro de la cabeza, y las drogas, dentro de los bolsillos”.

¡Ay, Robe! Si se trata de hablar de tu libro, recuerda que, de personas como tú, la gente espera que renieguen de la literatura que existe, de las normas de la escritura, de la ortografía… Pero tú explicas que has estado más de un año estudiando en un acceso a la universidad. Y nos cuentas que necesitas que te entiendan y, para que a uno le entiendan, tiene que escribir bien: “Yo no voy a estar ahí para ponerle música o para leerles lo que escribo. Quiero que entiendan qué quiero decir. No me preocupa la crítica ni el éxito, pero sí me preocupa que quien lo lea entienda qué he querido decir”.

De las personas como tú, algunos quieren escuchar que todo el sistema editorial es una espiral monopolizada por pocos, y que tú llevas la espada en alto para cambiar, revolucionar y romper con la industria. Pero tú, simplemente, reconoces que “las editoriales son aún peores que las discográficas. Es difícil pasar por encima de ellas. Me lo he podido permitir por ser quien soy”. ¿Actos promocionales? Los imprescindibles. “Disfruto escribiendo y no tengo ningún interés especial en que se vendan la hostia de libros. No sé si suena prepotente, pero si me van a agobiar con promoción, prefiero vender menos”.

Entiéndelo, Robe. Lo que ocurre es que, de personas como tú, el público asume un ego monumental traducido en cierto menosprecio por los demás. Pero tú confiesas que “a un artista es demasiado fácil desanimarle. Basta que con que se reúnan cuatro personas y digan que lo que has hecho no vale la pena”. Y recuerdas que, cuando saliste de Plasencia, ni si quiera pensabas que podrías “hacer un disco, así que un libro, mucho menos”.

Puestos a pedir, de las personas como tú, algunos esperan una teoría cuasi-filosófica de su creación. Pero tú, como buen creador, sabes que la inspiración no es algo tan mágico y a la vez tan tangible que acuda al ser llamada. “No hago nada para inspirarme. Me dejo llevar. Hay épocas en las que sale todo y otras no”. Y te vuelves cotidiano cuando explicas los cientos de carpetas en tu ordenador con los capítulos que no valen, que corregiste, que cambiaste o que, simplemente, guardaste “por si acaso”. Y a esos que insisten en explicar el arte, les dices… “Qué hago para inspirarme? Simplemente, vivo”.

En definitiva, allí, en esa pequeña sala de la FNAC de la madrileña calle de Preciados, nos hablaste serenamente sarcástico, inquietamente tranquilo, agresivamente tierno. Viniste a hablar de tu libro, sí, pero te fuiste y como en este artículo, apenas hablamos del libro. A los lectores de esas 395 páginas de ese viaje fantástico (no autobiográfico) que rutinariamente nace de la historia de Don Severino, les recomendaré -en tu nombre- leerlo despacio, disfrutarlo y no buscar el final porque, como sucede a menudo, lo mejor está en el viaje.

Se despide, hasta el próximo Viaje,

África Egido

(articulado publicado en noviembre de 2009)

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